Agua verde, sucia y turbia en una
pileta celeste pequeña, donde un lobo
marino no da señales de vida. Una
diminuta jaula tiene preso a un
cóndor, impidiendo el uso del don que Dios le concedió, el volar. Un recinto cerrado por vidrios cristalinos
deja a la vista el sufrimiento con el que viven tres cachorros de jaguar, que
cuentan con un diminuto espacio para
moverse. Un olor nauseabundo brota de las lagunas y de la tierra misma.
Esta serie de ultrajes, y
maltratos hacia el animal es lo que
predomina en el zoológico de La Plata. Me llevó una hora y media recorrerlo,
pero sólo unos cinco minutos para afirmar que este lugar debería estar en
mejores condiciones, sino se lo quería dar por perdido.
Luego de perder más de media
docena de animales tras la inundación sufrida en La Plata, el Director de esta institución
histórica, Diego Balducci, dejó en claro que los animales estaban siendo
desatendidos.
Con el mate sobre la mesa, y mil
preguntas en mi mente, la zoóloga Agustina, me contó el propósito del
zoológico. Si no hubiese problemas de extinción de animales, cazadores
furtivos, ni venta ilegal, probablemente el zoo no tendría razón de existir. No
correrían riesgo alguno estando en su hábitat natural. No habría animales
enjaulados, prisioneros, maltratados, ni mucho menos, abandonados.
Este tema lejano para mí me
atrajo de una manera inexplicable, lo que me llevó a preguntarme cómo surgió el
zoológico. Y la respuesta que me dejó
esta pregunta no fue por una conservación de la especie, sino para que las
personas tuvieran la posibilidad de ver animales exóticos que no podrían conocer
nunca por ser salvajes, y vivir en
selvas. Ese entonces primer fin fue comercial. Pero luego, cuando los problemas
de amenaza a las especies fueron en aumento, y el hombre acudió a la caza,
exterminando poblaciones enteras de animales, este lugar empezó a cumplir otra
función que ya no era sólo de mercadeo, sino de cría, conservación, protección,
e investigación.
Lo que sabe Agustina es que las tareas
de investigación que se hacen allí son de mera importancia ya que los biólogos
y veterinarios controlan la evolución del animal a lo largo de toda su vida,
viendo qué problemas tiene, cómo se comporta, cómo actúa en grupos. Un animal
se resiste diferente encerrado que en un ambiente natural, pero todas las
investigaciones que se hagan dentro del zoo, son aplicables para después
trasladarlas a la misma especie que esté libre, y pueden servir para
protegerlas. Es así cómo los investigadores aprenden, y publican al mundo científico
lo observado, y en otras partes del mundo si hay gobiernos o instituciones
preocupados porque se les están muriendo poblaciones de un cierto animal,
pueden utilizar esos conocimientos publicados por los del zoo para intentar una
solución.
Le sebo un mate,
dejando caer el agua cerca de la bombilla, tal como mi hermano un día me había
enseñado mientras mirábamos un Boca- River. «Muy rico », dice Agustina, y apoyando el
mate sobre la usada y descolorida mesa de madera recuerda en voz alta lo
sucedido el mes pasado a falta de cuidadores y seguridad en el zoológico.
Resultó ser que un perrito de
aproximadamente cuatro meses, adoptado por los guardias de la entrada del
parque, apareció días después fatalmente herido por un «boludo» que lo tiró a
la jaula de los cóndores. Sin pensarlo lo llevaron al veterinario, y éste logró
curarlo. Aunque podría haber sido peor, la maldad de la gente supera los límites.
Me quedé
estupefacta, no podía creer que esto pasara en un lugar en donde la seguridad
debe ser una de las mayores prioridades. Ahora era yo quien tomaba la palabra,
y era Agustina la que el oído prestaba. Le conté, asombrada hasta cuando me
expresaba, que caminando dentro del jardín carcelario vi cómo chicos de 14, 15
años molestaban tirando de las plumas a un Pavo Real, haciendo alusión y
dándole toda la razón del mundo en que se necesitaba un urgente aumento de
personal. Ese animal tiene el mismo derecho que nosotros a vivir, y a ser respetado, empezando porque
cada persona que vaya a disfrutar de la vista de animales no sea el que
perjudique y cometa vandalismo. Lo peor
entonces, no fue el hecho de que no haya personal que prohíba a esos niños a
cometer ese error, sino que tuve que ser yo la que les diga “eso no se hace”,
lo que produjo unas risas en ellos demostrando no tener interés en mi reto.
A medida que la
charla se hacía más rica en información,
mi interés por esos pobres animales crecía y crecía, y no paraba de
acribillarla con preguntas a la zoóloga. Pre entrevista, había leído en
internet que cada zoológico debía tener un registro de cada especie, lo cual
terminó por afirmarlo Agustina: cómo fue obtenida, desde cuándo la tiene, qué
edad tienen los animales. Todo eso está regido por leyes mundiales. En otros
tiempos lo que se hacía era cazar al animal y luego encerrarlo, pero ahora el
control que hay logra el que no se acuda a eso, y que entonces el zoo no sea
ilegal. Lo que sí se hace es el intercambio de especies entre los distintos
zoos del mundo, facilitando y abaratando los costos que requeriría el tener que
invertir dinero en viajar a un lugar, cazar al animal, y pagar sobornos,
multas, y arreglos internos.
Un recuerdo se
cruzó en mi mente, y lo saqué a la luz, ya que el momento así lo quiso. Una tarde que compartía con mi mamá, el
noticiero anunciaba que había nacido el hijo de una tigresa en un zoológico.
Pero mucho tiempo no vivió junto a su madre, sino que fue intercambiado a otro parque, porque ese
necesitaba de un tigre, y el nativo del tigre necesitaba un pum. Ésta
separación madre-hijo provocó estrés en
los dos, pero un alivio para el zoológico en sí, ya que significaba no tener
que pagar deudas ni viajes.
Al día siguiente,
me comunico por mensaje privado de facebook con una proteccionista que apoya el
cerrar al zoológico de La Plata. Me intrigó qué opinión tenía y cuáles eran sus
fundamentos acerca de la protesta que realiza en contra del lugar con jaulas.
Me presenté, como suelo hacer en caso de tener que hacer una entrevista,
diciendo ser estudiante de periodismo y comunicación social y estar sumamente
interesada en hablar con esa persona. La respuesta que recibí hizo que mi
corazón latiera más fuerte, demostrando
alegría en mí, ya que había conseguido una entrevista con la llamada Lucía.
Caminé hasta la plaza más cercana de donde vivo, la plaza San Martín. Allí estaba una chica rubia, de baja estatura, que me saludaba desde lejos y me invitaba a sentarme junto a ella. Con las costumbres argentinas bien marcadas, sacó de su bolso el termo, el mate y la yerba. Se cebó el primero para ella, mostrando valentía, porque como todos sabemos, es el más feo.
-Bueno, contame qué te llevó a estar en contra de los zoológicos.
-Desde que tengo uso de conciencia, siempre me manifesté en contra de que los animales estén enjaulados. Los derechos del otro terminan donde comienzan los derechos de los animales. El animal debe, tiene que estar en su hábitat natural, no preso de su libertad. Estar enjaulado le causa estrés, enfermedades, y hasta a veces la muerte. Y eso no tiene que pasar. Eso es maltrato, un insulto, una ofensa hacia el animal, al que lo utilizan como mercancía.
Se notaba en Lucía un profundo deseo por la libertad de aquellos animales salvajes, exóticos que no pueden y no podrán una vez llevados a esta cárcel de inocentes, disfrutar de su ecosistema. En parte, se la veía contenta porque decía que los objetivos educativos que perseguían los zoológicos estaban siendo superados por nuevas técnicas, con objetivos fotográficos de largo alcance que logran filmar y fotografiar a los animales en sus hábitats naturales. Pero por otro lado, manifestó que «falta mucho por hacer», leyes que imponer, y así llegar a acabar con toda esta «mierda».
Ya lejos de la plaza, a paso lento, mil pensamientos dejaron en claro dos cosas. La primera, que las jaulas deterioran tanto el aspecto fisonómico del animal como su comportamiento ante los excursionistas. Y la segunda, el zoológico no tiene mi apoyo, sino el bio parque, ya que son zonas en un ambiente natural, cerradas por alambrados y custodiados, dejando que los animales estén sueltos en un terreno con muchos kilómetros.
-Bueno, contame qué te llevó a estar en contra de los zoológicos.
-Desde que tengo uso de conciencia, siempre me manifesté en contra de que los animales estén enjaulados. Los derechos del otro terminan donde comienzan los derechos de los animales. El animal debe, tiene que estar en su hábitat natural, no preso de su libertad. Estar enjaulado le causa estrés, enfermedades, y hasta a veces la muerte. Y eso no tiene que pasar. Eso es maltrato, un insulto, una ofensa hacia el animal, al que lo utilizan como mercancía.
Se notaba en Lucía un profundo deseo por la libertad de aquellos animales salvajes, exóticos que no pueden y no podrán una vez llevados a esta cárcel de inocentes, disfrutar de su ecosistema. En parte, se la veía contenta porque decía que los objetivos educativos que perseguían los zoológicos estaban siendo superados por nuevas técnicas, con objetivos fotográficos de largo alcance que logran filmar y fotografiar a los animales en sus hábitats naturales. Pero por otro lado, manifestó que «falta mucho por hacer», leyes que imponer, y así llegar a acabar con toda esta «mierda».
Ya lejos de la plaza, a paso lento, mil pensamientos dejaron en claro dos cosas. La primera, que las jaulas deterioran tanto el aspecto fisonómico del animal como su comportamiento ante los excursionistas. Y la segunda, el zoológico no tiene mi apoyo, sino el bio parque, ya que son zonas en un ambiente natural, cerradas por alambrados y custodiados, dejando que los animales estén sueltos en un terreno con muchos kilómetros.
María Paz Rodríguez
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