martes, 26 de noviembre de 2013

Una libertad cautiva

Agua verde, sucia y turbia en una pileta celeste pequeña, donde un lobo marino no da señales de vida.  Una diminuta jaula  tiene preso a  un cóndor, impidiendo el uso del don que Dios le concedió, el volar. Un recinto cerrado por vidrios cristalinos deja a la vista el sufrimiento con el que viven tres cachorros de jaguar, que cuentan con un diminuto espacio  para moverse. Un olor nauseabundo brota de las lagunas y de  la tierra misma.
Esta serie de ultrajes, y maltratos hacia el animal  es lo que predomina en el zoológico de La Plata. Me llevó una hora y media recorrerlo, pero sólo unos cinco minutos para afirmar que este lugar debería estar en mejores condiciones, sino se lo quería dar por perdido.
Luego de perder más de media docena de animales tras la inundación sufrida en La Plata, el Director de esta institución histórica, Diego Balducci, dejó en claro que los animales estaban siendo desatendidos.
Con el mate sobre la mesa, y mil preguntas en mi mente, la zoóloga Agustina, me contó el propósito del zoológico. Si no hubiese problemas de extinción de animales, cazadores furtivos, ni venta ilegal, probablemente el zoo no tendría razón de existir. No correrían riesgo alguno estando en su hábitat natural. No habría animales enjaulados, prisioneros, maltratados, ni mucho menos, abandonados.
Este tema lejano para mí me atrajo de una manera inexplicable, lo que me llevó a preguntarme cómo surgió el zoológico.  Y la respuesta que me dejó esta pregunta no fue por una conservación de la especie, sino para que las personas tuvieran la posibilidad de ver animales exóticos que no podrían conocer nunca por ser  salvajes, y vivir en selvas. Ese entonces primer fin fue comercial. Pero luego, cuando los problemas de amenaza a las especies fueron en aumento, y el hombre acudió a la caza, exterminando poblaciones enteras de animales, este lugar empezó a cumplir otra función que ya no era sólo de mercadeo, sino de cría, conservación, protección, e investigación.
Lo que sabe  Agustina   es que las tareas de investigación que se hacen allí son de mera importancia ya que los biólogos y veterinarios controlan la evolución del animal a lo largo de toda su vida, viendo qué problemas tiene, cómo se comporta, cómo actúa en grupos. Un animal se resiste diferente encerrado que en un ambiente natural, pero todas las investigaciones que se hagan dentro del zoo, son aplicables para después trasladarlas a la misma especie que esté libre, y pueden servir para protegerlas. Es así cómo los investigadores aprenden, y publican al mundo científico lo observado, y en otras partes del mundo si hay gobiernos o instituciones preocupados porque se les están muriendo poblaciones de un cierto animal, pueden utilizar esos conocimientos publicados por los del zoo para intentar una solución.
Le sebo un mate, dejando caer el agua cerca de la bombilla, tal como mi hermano un día me había enseñado mientras mirábamos  un  Boca- River. «Muy rico », dice Agustina, y  apoyando el mate sobre la usada y descolorida mesa de madera recuerda en voz alta lo sucedido el mes pasado a falta de cuidadores y seguridad en el zoológico. Resultó ser que un perrito de aproximadamente cuatro meses, adoptado por los guardias de la entrada del parque, apareció días después fatalmente herido por un «boludo» que lo tiró a la jaula de los cóndores. Sin pensarlo lo llevaron al veterinario, y éste logró curarlo. Aunque podría haber sido peor, la maldad de la gente supera los límites.
Me quedé estupefacta, no podía creer que esto pasara en un lugar en donde la seguridad debe ser una de las mayores prioridades. Ahora era yo quien tomaba la palabra, y era Agustina la que el oído prestaba. Le conté, asombrada hasta cuando me expresaba, que caminando dentro del jardín carcelario vi cómo chicos de 14, 15 años molestaban tirando de las plumas a un Pavo Real, haciendo alusión y dándole toda la razón del mundo en que se necesitaba un urgente aumento de personal. Ese animal tiene el mismo derecho que nosotros a  vivir, y a ser respetado, empezando porque cada persona que vaya a disfrutar de la vista de animales no sea el que perjudique  y cometa vandalismo. Lo peor entonces, no fue el hecho de que no haya personal que prohíba a esos niños a cometer ese error, sino que tuve que ser yo la que les diga “eso no se hace”, lo que produjo unas risas en ellos demostrando no tener interés en mi reto.
A medida que la charla se hacía más rica en  información, mi interés por esos pobres animales crecía y crecía, y no paraba de acribillarla con preguntas a la zoóloga. Pre entrevista, había leído en internet que cada zoológico debía tener un registro de cada especie, lo cual terminó por afirmarlo Agustina: cómo fue obtenida, desde cuándo la tiene, qué edad tienen los animales. Todo eso está regido por leyes mundiales. En otros tiempos lo que se hacía era cazar al animal y luego encerrarlo, pero ahora el control que hay logra el que no se acuda a eso, y que entonces el zoo no sea ilegal. Lo que sí se hace es el intercambio de especies entre los distintos zoos del mundo, facilitando y abaratando los costos que requeriría el tener que invertir dinero en viajar a un lugar, cazar al animal, y pagar sobornos, multas, y arreglos internos.        
Un recuerdo se cruzó en mi mente, y lo saqué a la luz, ya que el momento así lo quiso.  Una tarde que compartía con mi mamá, el noticiero anunciaba que había nacido el hijo de una tigresa en un zoológico. Pero mucho tiempo no vivió junto a su madre, sino que fue  intercambiado a otro parque, porque ese necesitaba de un tigre, y el nativo del tigre necesitaba un pum. Ésta separación  madre-hijo provocó estrés en los dos, pero un alivio para el zoológico en sí, ya que significaba no tener que pagar deudas ni viajes.
Al día siguiente, me comunico por mensaje privado de facebook con una proteccionista que apoya el cerrar al zoológico de La Plata. Me intrigó qué opinión tenía y cuáles eran sus fundamentos acerca de la protesta que realiza en contra del lugar con jaulas. Me presenté, como suelo hacer en caso de tener que hacer una entrevista, diciendo ser estudiante de periodismo y comunicación social y estar sumamente interesada en hablar con esa persona. La respuesta que recibí hizo que mi corazón  latiera más fuerte, demostrando alegría en mí, ya que había conseguido una entrevista con la llamada Lucía.
Caminé hasta la plaza más cercana de donde vivo, la plaza San Martín.  Allí estaba una chica rubia, de baja estatura, que me saludaba desde lejos y me invitaba a sentarme junto a ella. Con las costumbres argentinas bien marcadas, sacó de su bolso el termo, el mate y la yerba. Se cebó el primero para ella, mostrando valentía, porque como todos sabemos, es el más feo.
-Bueno, contame qué te llevó a estar en contra de los  zoológicos.
-Desde que tengo uso de conciencia, siempre me manifesté en contra de que los animales estén enjaulados. Los derechos del otro terminan donde comienzan los derechos de los animales. El animal debe, tiene que estar en su hábitat natural, no preso de su libertad. Estar enjaulado le causa estrés, enfermedades, y hasta a veces la muerte. Y eso no tiene que pasar. Eso es maltrato, un insulto, una ofensa hacia el animal, al que lo utilizan como mercancía.
Se notaba en Lucía un profundo deseo por la libertad de aquellos animales salvajes, exóticos que  no pueden y no podrán una vez llevados a esta cárcel de inocentes, disfrutar de su ecosistema. En parte, se la veía contenta porque decía que  los objetivos educativos que perseguían los zoológicos estaban siendo superados por nuevas técnicas, con objetivos fotográficos de largo alcance que logran filmar y fotografiar a los animales en sus hábitats naturales. Pero por otro lado, manifestó que «falta mucho por hacer», leyes que imponer, y así llegar a acabar con toda esta «mierda».
Ya lejos de la plaza, a paso lento, mil pensamientos dejaron en claro dos cosas. La primera, que las jaulas deterioran tanto el aspecto fisonómico del animal como su comportamiento ante los excursionistas. Y la segunda, el zoológico no tiene mi apoyo, sino el bio parque, ya que son zonas en un ambiente natural, cerradas por alambrados y custodiados, dejando que los animales estén sueltos en un terreno con muchos kilómetros.

María Paz Rodríguez                                                                                                 

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