Calles de tierra solitarias, e insonoras son las que comprende el barrio
en donde viven Gladys y Gabriel. Árboles por doquier, alambrados como escudos protectores
en las casas, y perros en las calles forman parte del paisaje del lugar a que acudimos, y que no paró de
sorprendernos.
Este matrimonio, tan amistoso y amoroso conviven en una casa alejada de
las demás del barrio. Con cercos y paredones a la vista de cualquiera,
demuestra que ellos no viven solos, al contrario, están en muy buena compañía.
Conviven con 32 perros, de los cuales la mayoría fueron rescatados de la calle
por ellos mismos, algunos en el peor estado, y otros no tanto. No importa la raza,
de dónde viene, ni su pasado, sólo importa el que reciban alimento, cariño, y
amor.
Estas mascotas viven en el patio de su casa, y a pesar de que vienen de
lugares desiguales y de tener sus diferencias, la convivencia es buena, y el
trato con sus dueños es aún mejor. Cada uno tiene su propia historia, la cual
hace que se desarrollen de diversas maneras, y que justifique su comportar y
actitud.
Estas personas que cumplen con el compromiso de cuidar a sus perros,
decidieron hacer la entrevista fuera de la casa, dejando a los perros detrás de
la puerta de entrada, pero a su vez, una ventanita dentro de ésta permitía una
buena vista hacia los movimientos que cada uno realizaba. Al principio, cuando
nos abrieron la puerta del patio, los perros ladraban y saltaban como si fuéramos
a darles comida. En el momento en que la puerta se cerró, sus bocas también lo
hicieron, y el silencio de sus aullidos se evaporó. Pudimos entonces hablar
tranquilamente con el dúo, y entender que si se los educa con límites a los
perros, y los tratas con amor, ellos te van a respetar, y se van a adaptar a la
vida de sus dueños.
Este terreno, posee como hemos dicho, historias. Una de las impactantes
fue la de un perro negro, que el hijo de los dueños encontró con sus amigos en
la calle y lo rescató. Resultó ser que esa misma mañana Gladis había encontrado
muerto a un amigo de ella, Abelardo. Y por ese motivo, decidieron nombrar al
perro como al hombre difunto, quien no tardó en hacerse nuevas amistades con
los otros perros que ya vivían en la casa. Al contarnos esta anécdota,
comenzaron a llamarlo a gritos desde afuera y corriendo de alegría nos tendió
la mano que sobrepasó de la ventanita del lado de adentro. Inmediatamente, uno podría
sentir, aun sin tener el olfato muy desarrollado, que el olor canino
predominaba en el ambiente. Además de Abelardo, Milagros fue nombrada por haber sido abandonada por
su propia dueña, y adoptada por ellos.
Vale destacar, que como toda convivencia, existen problemas como la
pelea entre perros. Uno de los que se apuntaban a generar conflicto fue Alfa, a quien Gabriel recuerda como una
mascota que se quería meter en problemas con todos, y por eso tenía que separarlo
de los demás. Lo que producía a veces que otro perro lo quisiera defender, y
entonces en ese acto de amigo, terminara mordiendo a su dueña. Eso explicaba
las cicatrices y heridas en los brazos de Gladys.
Sin dudas, el terreno que visitamos se presentó como una experiencia
nueva para nosotros, la cual nunca habíamos tenido la gracia de haber
presenciado. Llegamos a la conclusión
que sólo con amor se puede llegar a construir un hogar para aquellos perros que
se hallan solos, enfermos, lastimados, heridos, abandonados, como Gladys y
Gabriel lo hicieron.
María Paz Rodríguez
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