sábado, 19 de octubre de 2013

Los nómades de la ciudad

Al lado de un árbol, sobre el suelo, rasgaba una bolsa negra con un entusiasmo similar al de un niño destrozando el envoltorio de su regalo de navidad. Sus dientes rompían el nylon y con ayuda de su pata sacaba los residuos en busca de alimento. Su concentración se vio interrumpida cuando de la casa salió su dueño a los gritos haciendo que, con terror, cruzara rápidamente a la vereda del frente con su cabeza gacha y volteándose por momentos para ver fallido su plan.
Él, al igual que otros tantos más, merodea las calles de La Plata. Solitarios, sin nadie que los lleve de una correa o camine a su lado, exceptuando los momentos en que en busca de compañía, siguen algún transeúnte que finalmente los termina dejando en su soledad otra vez, ya sea por espantarlos, entrar a un lugar cerrado o apurar el paso tomando distancia para perderlos de vista.
Desconociendo los códigos territoriales, se pasean libremente como intrusos con actitud extrovertida, cualidad que más de una vez les han hecho recibir alguna exclamación y gesto para echarlos o, por el contrario, para atrapar la atención de algún ser compasivo que les regala una mirada, caricia o resto de comida.
La plaza Islas Malvinas es uno de los tantos territorios que recorren en busca de comida o refugio. Localizada entre las calles 50, 19, 54 y 20, es uno de los varios espacios verdes a los que concurren las personas a modo de pausa en sus horarios.
Funciona como lugar de encuentro de animales cuyo destino los hizo tener o no quien los atienda, les dé un nombre, comida y lugar para vivir. A simple vista es fácil diferenciarlos: un collar los distingue como perros domésticos. Callejeros o no se acercan entre ellos con interés y llegan a tener contacto si es que algún dueño no ahuyenta algún curioso.
En el sector de los juegos, los niños, quienes no diferencian de dónde viene el animal, deambulan y agitan sus colas al alegrarse cuando reciben atención. Como no tienen quién les sirva un alimento balanceado, se acercan amistosamente a las mesas donde la gente come para encontrar alguna miga caída o si tienen mayor suerte con una pequeña porción del plato.
Frente al edificio que funciona como centro cultural se encuentra una fuente en la cual los días de calor se refrescan. En su pelaje, donde se les impregnan los aromas que les trae el exterior, el revolcarse por cualquier suelo mugriento y juguetear a los mordiscones con otro par más, se acentúan los olores en sus cuerpos empapados. A diferencia de los mimados que asisten periódicamente a sus citas de spa y peluquería, sus baños no necesitan de un shampoo especial que los perfume a flores, ni los deje pomposos y suaves; ni de pipetas que los salven de los minúsculos visitantes. Con ayuda de una pata o con insistentes pellizcos con sus dientes alivian la picazón de las molestas pulgas y garrapatas.
Dentro de ese movimiento de personas y mascotas, éstas últimas, en su mayoría son descendientes de cruzas planificadas y redituadas. Los que no, no tienen una raza que los identifique. Son el fruto indefinido de un macho y hembra callejeros o de una hembra con dueños descuidados que sin esperarlo la encuentran preñada de quien sabe quién. Como hijos bastardos, estos cachorros indeseados son abandonados por allí o con un poco más de suerte encuentran un hogar en el que son la atención hasta crecer y perder la ternura de ser pequeños.
Estos híbridos de cuatro patas resisten las temperaturas que llegan con cada estación. Por la noche cuando el tránsito se apaga y dependiendo de la sensación térmica, se acurrucan sobre el pasto, o debajo de los bancos de piedra.
Sin un dueño, no les pertenecen a nadie, sólo a sus circunstancias; aquellas que los movilizan día tras día a sobrevivir sin ostentaciones.

Sol Castillo

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