Al lado de un
árbol, sobre el suelo, rasgaba una bolsa negra con un entusiasmo similar al de
un niño destrozando el envoltorio de su regalo de navidad. Sus dientes rompían
el nylon y con ayuda de su pata sacaba los residuos en busca de alimento. Su
concentración se vio interrumpida cuando de la casa salió su dueño a los gritos
haciendo que, con terror, cruzara rápidamente a la vereda del frente con su
cabeza gacha y volteándose por momentos para ver fallido su plan.
Él, al igual
que otros tantos más, merodea las calles de La Plata. Solitarios, sin nadie que
los lleve de una correa o camine a su lado, exceptuando los momentos en que en
busca de compañía, siguen algún transeúnte que finalmente los termina dejando
en su soledad otra vez, ya sea por espantarlos, entrar a un lugar cerrado o
apurar el paso tomando distancia para perderlos de vista.
Desconociendo
los códigos territoriales, se pasean libremente como intrusos con actitud
extrovertida, cualidad que más de una vez les han hecho recibir alguna
exclamación y gesto para echarlos o, por el contrario, para atrapar la atención
de algún ser compasivo que les regala una mirada, caricia o resto de comida.
La plaza
Islas Malvinas es uno de los tantos territorios que recorren en busca de comida
o refugio. Localizada entre las calles 50, 19, 54 y 20, es uno de los varios
espacios verdes a los que concurren las personas a modo de pausa en sus
horarios.
Funciona como
lugar de encuentro de animales cuyo destino los hizo tener o no quien los
atienda, les dé un nombre, comida y lugar para vivir. A simple vista es fácil
diferenciarlos: un collar los distingue como perros domésticos. Callejeros o no
se acercan entre ellos con interés y llegan a tener contacto si es que algún
dueño no ahuyenta algún curioso.
En el sector
de los juegos, los niños, quienes no diferencian de dónde viene el animal, deambulan
y agitan sus colas al alegrarse cuando reciben atención. Como no tienen quién
les sirva un alimento balanceado, se acercan amistosamente a las mesas donde la
gente come para encontrar alguna miga caída o si tienen mayor suerte con una
pequeña porción del plato.
Frente al
edificio que funciona como centro cultural se encuentra una fuente en la cual
los días de calor se refrescan. En su pelaje, donde se les impregnan los aromas
que les trae el exterior, el revolcarse por cualquier suelo mugriento y
juguetear a los mordiscones con otro par más, se acentúan los olores en sus
cuerpos empapados. A diferencia de los mimados que asisten periódicamente a sus
citas de spa y peluquería, sus baños no necesitan de un shampoo especial que
los perfume a flores, ni los deje pomposos y suaves; ni de pipetas que los
salven de los minúsculos visitantes. Con ayuda de una pata o con insistentes
pellizcos con sus dientes alivian la picazón de las molestas pulgas y
garrapatas.
Dentro de ese
movimiento de personas y mascotas, éstas últimas, en su mayoría son descendientes
de cruzas planificadas y redituadas. Los que no, no tienen una raza que los
identifique. Son el fruto indefinido de un macho y hembra callejeros o de una
hembra con dueños descuidados que sin esperarlo la encuentran preñada de quien
sabe quién. Como hijos bastardos, estos cachorros indeseados son abandonados
por allí o con un poco más de suerte encuentran un hogar en el que son la
atención hasta crecer y perder la ternura de ser pequeños.
Estos
híbridos de cuatro patas resisten las temperaturas que llegan con cada
estación. Por la noche cuando el tránsito se apaga y dependiendo de la
sensación térmica, se acurrucan sobre el pasto, o debajo de los bancos de
piedra.
Sin un dueño,
no les pertenecen a nadie, sólo a sus circunstancias; aquellas que los
movilizan día tras día a sobrevivir sin ostentaciones.
Sol Castillo
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